Eran sus favoritas
El teléfono empezó a sonar. Lo escuchó y atravesó la pieza con su taconeo marcado para agarrarlo, llevando consigo un lápiz labial y polvo compacto.
-¿Aló? –dijo con firmeza mientras se sentó en el sofá junto al teléfono y alborotó el cabello que le caía sobre sus hombros.
Se escuchó una voz nerviosa desde el otro lado de la línea y el lápiz labial que reposaba en sus piernas cayó al suelo y rodó hasta quedar inmóvil bajo una mesa con revistas de moda.
-Que tiene… ¿cáncer de qué? –pronuncia con dificultad jugando con sus uñas púrpuras por la redondez de sus labios-. ¿Y ahora él quiere verme?
Hubo un largo silencio en donde su mirada cayó al suelo, el cual fue bruscamente interrumpido con el sonar del timbre. Había alguien en la puerta.
-Lo siento, mamá, pero ahora no es el mejor momento y, francamente, no sé cuándo lo será –dice sin esperar una respuesta y tranca.
“¡Ya voy!”, gritó en dirección a la puerta y corrió a revisar su maquillaje en un espejo que tiene colgado junto a la entrada del piso. Un par de lágrimas parecían dañar el acabado de su delineador, pero procedió a repararlo delicadamente con la yema de sus dedos. “Hierba mala nunca muere”, repitió varias veces. Agarró sus llaves y salió sin recoger el lápiz labial.
···
El vestido negro acentuaba bien su figura, que no era del todo delicada pero sí firme. Muy poco se podía ver de su cara, pues caminaba por la pasarela de concreto con una inmensa sombrilla de imprenta de leopardo que le protegía de la leve lluvia que caía.
Vagaba por el viejo cementerio sin saber con certeza a donde ir, hasta que vio unos girasoles. “Eran sus favoritas”, murmuró. Apresuró el paso y se detuvo para contemplar la fresca tierra que rodeaba la lápida, brillante aún por lo que se podía asumir que llevaba menos tiempo allí que muchas.
Cayó de rodillas en el lodo y soltó su sombrilla para dejar que la lluvia, que ahora caía con mayor fuerza, se confundiera con las lágrimas manchadas de negro que caían hasta su vestido. Se detuvo unos segundos y tomó aire. “¿Por qué?”, le preguntó al cielo, “¿por qué nunca me quisiste, papá? Si yo era tu único hijo”.






